Hernán Arthur Forster nació en New York City, pero desde siempre supo que no pertenecía a un solo lugar.
Creció entre ruido, ritmo y movimiento. Quizás por eso nunca pudo quedarse quieto: necesitaba probar, sentir, equivocarse, empezar de nuevo.
Vivió en Los Angeles, donde aprendió a habitar la escena; pasó un tiempo en Israel, donde entendió el peso de la memoria y la identidad; y finalmente llegó a México, donde algo hizo clic. Aquí echó raíces. Aquí dejó de correr y empezó a profundizar.
Hernán no es solo pintor. Incursionó en el teatro porque necesitaba poner el cuerpo, explorar emociones desde adentro hacia afuera. Toca el saxofón porque hay cosas que no pueden decirse con palabras. Cuando sopla el instrumento, no interpreta: respira distinto. La música le enseñó que una pausa puede ser más poderosa que un sonido.
En la pintura encontró un espacio íntimo, casi confesional. Trabaja con acrílico sobre bastidores, pero más que técnica hay impulso. No parte de una imagen clara ni de una historia que quiera contar. Parte de una sensación. A veces de una inquietud. A veces de algo que ni siquiera sabe nombrar.
En su obra reciente, Hernán se aleja de lo evidente. No hay figuras reconocibles, no hay escenas que expliquen nada. Hay capas, transparencias, manchas que se superponen como recuerdos. Pinta desde el no saber. Desde el dejar que el gesto aparezca antes que la idea.
El rojo no es simplemente rojo: es algo que ardió. El azul no es un cielo: es profundidad. Sus cuadros no buscan agradar; buscan ser honestos. Cada pincelada es una pregunta. Cada empaste, una pequeña decisión de quedarse o borrar.
Hay algo profundamente humano en su manera de trabajar: acepta que la obra nunca está del todo terminada. La deja respirar. La deja abierta, como una conversación. Porque entiende que lo que somos tampoco está cerrado.
En México encontró una tradición artística potente, pero en lugar de repetirla, eligió mirarse hacia adentro. Su pintura no grita; late. No impone; sugiere. No explica; acompaña.
Para Hernán Arthur Forster, crear no es producir objetos. Es una forma de estar vivo. Cada nota de saxofón, cada trazo sobre el lienzo, es una manera de recordarse quién es y quién puede llegar a ser.